Andrés Sánchez Westhoff: el enólogo que lleva más de tres décadas escuchando al Maule

por | Ago 10, 2026 | Origen | 0 Comentarios

Antes de que el Maule estuviera de moda, Andrés Sánchez Westhoff ya estaba escuchando qué quería decir.

Ingeniero Agrónomo y Enólogo de la Universidad de Chile, Andrés nació en Santiago el 14 de agosto de 1971. Ingresó a Agronomía en 1990 y egresó en 1996, en una época en que la especialidad de enología recién comenzaba a recuperar espacio dentro de la formación agronómica chilena.

Su carrera, sin embargo, había comenzado antes de recibir el título.

Trabajó en Domaine Oriental, actual Casa Donoso, en Talca, donde entró en contacto con el proyecto que Kendall-Jackson estaba desarrollando en Chile. Lo que comenzó como una oportunidad para aprender terminó abriéndole una carrera internacional. En 1996 realizó una vendimia en Kendall-Jackson, en California, y al año siguiente se incorporó como enólogo asistente de Viña Calina.

Andrés realizó una vendimia en Tenuta di Arceno, en Italia. Allí conoció al enólogo y consultor italiano Maurizio Castelli, quien con los años se convertiría en amigo, socio y una figura fundamental en algunos de los proyectos que marcarían su trayectoria.

En 2000 asumió como enólogo de Viña Calina y consultor de Viña Tapiz, en Argentina, ambas vinculadas entonces a Kendall-Jackson. Durante ese período llegó a tener responsabilidades enológicas tanto en Chile como en Argentina. Permaneció directamente ligado a Calina hasta 2002 y posteriormente continuó asesorándola hasta 2007.

Castelli también lo conectó con Francesco Marone Cinzano, integrante de una histórica familia italiana ligada al vino, cuyo proyecto vitivinícola en Chile Andrés asesoró durante aproximadamente una década.

Pero mientras su carrera avanzaba entre Chile, Argentina, Estados Unidos e Italia, otra historia comenzaba a tomar forma bastante más cerca de casa.

La llegada a Gillmore Wines

Andrés había conocido Tabontinaja, en el secano del Maule, precisamente a través de sus primeros trabajos relacionados con Kendall-Jackson.

Más tarde se incorporó al proyecto familiar iniciado por Francisco Gillmore y continuado por Daniella Gillmore. Su currículum profesional lo registra como enólogo de Gillmore Wines desde 2003, convirtiéndose desde entonces en una de las figuras centrales del desarrollo enológico de la viña.

Gillmore Wines ya tenía varios elementos que posteriormente se volverían importantes dentro del nuevo discurso del vino chileno: parras antiguas, agricultura de secano, suelos graníticos, una escala de producción pequeña y un territorio que durante mucho tiempo había permanecido bastante lejos de los grandes focos del vino premium nacional.

Pero probablemente una de las características más interesantes de la trayectoria de Andrés es que su relación con ese territorio nunca se limitó a elaborar vinos.

También comenzó a hacerse preguntas sobre él.

El Carignan, el secano y el nacimiento de VIGNO

Una parte importante de la historia reciente del vino chileno tiene que ver con la recuperación del valor de las parras antiguas del Maule.

Y Andrés Sánchez fue uno de los fundadores de MOVI, Movimiento de Viñateros Independientes, organización que reunió a pequeños productores que buscaban mostrar otra escala y otra manera de hacer vino en Chile.

Pero su participación en VIGNO, Vignadores de Carignan, resulta todavía más significativa para entender su mirada.

Según recoge el libro Patrimonio Vitivinícola. Aproximaciones a la cultura del vino en Chile, publicado por la Biblioteca Nacional, Andrés acababa de regresar de uno de sus viajes a Italia cuando comenzó una conversación sobre cepajes autóctonos, pequeñas denominaciones de origen e identidad territorial.

La pregunta era bastante simple, pero sus consecuencias fueron enormes: ¿Era posible crear algo que protegiera y pusiera en valor las antiguas plantaciones de Carignan del secano interior del Maule?

La respuesta terminó convirtiéndose en VIGNO.

El proyecto estableció criterios destinados a proteger una forma específica de viticultura: Carignan proveniente de parras antiguas del Maule, cultivadas mayoritariamente en secano y vinculadas a un territorio concreto.

La primera presentación oficial de VIGNO se realizó en octubre de 2011. Y ocurrió en Gillmore.

Detrás de la iniciativa había una idea que Andrés ha repetido en distintos momentos de su trayectoria: los grandes vinos no aparecen solamente porque alguien tenga una buena bodega o una tecnología sofisticada.

Hay otros elementos que pesan.

El lugar.
Las plantas viejas.
El secano.
Y la interpretación humana de todo lo anterior.

Vista desde 2026, esa idea puede parecer casi evidente. Pero hace quince o veinte años hablar del Maule desde el patrimonio vitícola, las parras viejas, el secano y la identidad territorial no era todavía parte del vocabulario habitual del vino chileno.

Por eso hay algo particularmente interesante en esta historia. Lo que hoy Gillmore comunica alrededor del territorio no nació como una estrategia de marketing. Andrés llevaba años hablando de ello.

Italia vuelve a aparecer

El otro gran capítulo de su trayectoria comienza nuevamente en Italia.

Desde aquel primer encuentro con Maurizio Castelli en los 90s, habían seguido existiendo viajes, vendimias, conversaciones y una relación profesional cada vez más estrecha.

Con el tiempo apareció una nueva pregunta. Si determinadas zonas de Chile compartían condiciones climáticas con regiones mediterráneas europeas, ¿por qué no explorar variedades que históricamente habían demostrado una buena adaptación precisamente a esos ambientes?

La idea no era simplemente traer cepas diferentes para producir vinos exóticos. Había una hipótesis agronómica detrás.

Alrededor de 2010, Andrés Sánchez y Maurizio Castelli comenzaron un proyecto para introducir en Chile material vegetal proveniente de variedades italianas.

Entre ellas había nombres prácticamente desconocidos para la mayoría de los consumidores chilenos: Aglianico, Sagrantino, Montepulciano, Ciliegiolo, Vermentino, Primitivo, entre otras.

Para reducir los riesgos sanitarios, el material vegetal fue introducido in vitro. El proceso, sin embargo, estuvo lejos de ser sencillo. El terremoto de 2010 complicó la importación y propagación del material, retrasando el proyecto durante aproximadamente tres años.

Finalmente las plantas llegaron al campo. Y el lugar elegido para desarrollar el cuartel experimental fue Tabontinaja, en Gillmore Wines.

La primera cosecha llegó en 2017.

Cuando las variedades dejan de ser una curiosidad

Con los años, varias de aquellas variedades demostraron una adaptación particularmente interesante al secano maulino.

Gillmore comenzó a elaborar vinos de Aglianico, Sagrantino, Montepulciano, Ciliegiolo, Vermentino, Primitivo, entre otras variedades que actualmente forman parte de uno de los capítulos más reconocibles de su portafolio.

Pero mirar esos vinos solamente como «variedades italianas cultivadas en Chile» probablemente simplifica demasiado la historia.
Porque el trabajo de Andrés vuelve a plantear la misma pregunta que aparecía detrás de VIGNO:

¿Qué variedades permiten interpretar mejor un territorio?

Con el Carignan, la respuesta estaba delante de ellos desde hacía décadas, escondida en antiguas plantaciones del Maule.

Con las variedades mediterráneas, la búsqueda ocurrió en la dirección contraria: observar el clima y las condiciones del territorio y preguntarse qué otras plantas podían encontrar allí una nueva expresión.

Por eso ambos proyectos, aunque parecen diferentes, tienen bastante más en común de lo que podría pensarse.

Uno mira hacia el patrimonio. El otro hacia la exploración. Pero los dos parten desde el mismo lugar: el territorio.

Del Maule a Italia, y de vuelta

En 2024 ocurrió algo especialmente simbólico.

El Vermentino de Gillmore obtuvo Medalla de Oro en el Concurso Enológico Internacional del Vino Vermentino realizado en Cagliari, Italia.

Era una variedad italiana, llevada a Chile como parte del proyecto desarrollado por Andrés Sánchez y Maurizio Castelli, cultivada durante años en el secano del Maule y finalmente evaluada en su propio país de origen.

La historia había completado el círculo. Italia había entregado la variedad. El Maule había cambiado su expresión. Y el vino regresaba a Italia convertido en otra cosa.

Maridando

Después de más de tres décadas de carrera, definir a Andrés Sánchez Westhoff en una sola línea es imposible.

Su trayectoria incluye proyectos que cruzan fronteras; el nacimiento de MOVI y VIGNO y la revalorización del Carignan del Maule; la introducción de variedades italianas prácticamente desconocidas entonces en Chile; y más de veinte años acompañando el desarrollo enológico de Gillmore Wines.

Sin embargo, quizás el hilo más importante de esa historia no está en la lista de hitos, sino en una pregunta que parece acompañarlo desde hace años: ¿qué puede expresar este lugar?

Primero fue el Carignan, después las parras antiguas y el secano; más tarde llegaron Aglianico, Sagrantino, Montepulciano, Ciliegiolo y Vermentino. Las respuestas han ido cambiando, pero la pregunta sigue siendo la misma.

Y quizás por eso la historia de Andrés ayuda también a entender la de Gillmore: antes de que hablar de territorio se convirtiera en tendencia, antes de que las parras viejas fueran reivindicadas como patrimonio y antes de que el Maule recuperara protagonismo dentro del vino chileno, Andrés Sánchez ya llevaba años tratando de escuchar qué tenía que decir ese lugar y buscando la mejor manera de ponerlo dentro de una botella.

Feliz Día del Enólogo le desea todo el equipo de Gillmore Wines

 

Fuentes