Cuando se habla de vino chileno, Daniella Gillmore es referente frente a la conversación de secano, convicción y la forma de entender el vino en el Maule.
Cuando se habla de vino, se suele comenzar en los valles más conocidos. Sin embargo, en el secano costero del Maule, donde las viñas dependen exclusivamente de la lluvia, existe una historia distinta que durante décadas se ha desarrollado con discreción, convicción y paciencia.
El proyecto Gillmore Wines nació en 1990 cuando Francisco Gillmore decidió apostar por el secano de Loncomilla, en una época en que la atención del vino chileno estaba concentrada en otros valles más irrigados. La idea parecía contraintuitiva: parras viejas, suelos graníticos y viñedos sin riego en un territorio considerado entonces marginal para vinos de alta gama.
Hoy, más de treinta años después, Daniella Gillmore continúa esa visión junto al equipo enológico, manteniendo una línea coherente: vinos de origen, producción limitada y una escala humana que prioriza el territorio.
Muchos consumidores preguntan cuáles son los mejores vinos de Chile, qué regiones vitivinícolas destacan o qué caracteriza a un vino del Maule, el secano profundo se ha transformado en una referencia creciente dentro del mapa del vino chileno. Pero pocos saben que la respuesta es mucho mas amplia que solo elegir.
Según datos de la Oficina de Estudios y Políticas Agrarias (ODEPA), el Valle del Maule concentra cerca del 50 % de la superficie vitícola de Chile, siendo además una de las regiones con mayor presencia de parras viejas plantadas en cabeza, muchas de ellas cultivadas sin riego, como las de Gillmore Wines.
En ese contexto, conversar con Daniella Gillmore permite entender cómo se construye un proyecto vitivinícola cuando el punto de partida es el territorio.
El secano del Maule: entender la tierra antes que el mercado
Cuando Daniella comenzó a trabajar con viñedos de secano, la discusión sobre sostenibilidad, identidad territorial o viticultura regenerativa todavía no ocupaba el lugar que tiene hoy en la conversación global del vino.
Le preguntamos si en ese momento sentía que estaba elaborando vinos o defendiendo una historia.
“La verdad no era consciente del real significado que es producir en secano. Tienes que entender los ciclos naturales, usar prácticas que te ayuden a conservar la humedad en los suelos, entender las parras, su potencial, cómo se expresan.
Mi pasión siempre ha sido la tierra y las viñas, así que fue un lindo desafío.”
El secano del Maule impone condiciones particulares. A diferencia de otras zonas vitivinícolas, aquí las viñas reciben agua exclusivamente de las lluvias de invierno. Esto genera rendimientos naturalmente bajos y una maduración más concentrada.
Diversos estudios de viticultura señalan que las parras cultivadas bajo estrés hídrico moderado desarrollan bayas más pequeñas, pieles más gruesas y mayor concentración aromática, características que influyen directamente en el perfil del vino.
¿Qué tiene el secano que obliga al vino a ser honesto?
En los últimos años, muchos consumidores buscan comprender qué características tiene el vino del Maule o qué hace diferente a un vino de secano.
Para Daniella, la respuesta está en la propia naturaleza de la viña.
“El secano tiene una expresión especial en los vinos: pieles gruesas, mayor concentración, bayas pequeñas, pH bajo y acideces presentes.
Es un ADN que no se modifica. Tu interpretación puede buscar más frescor, aromas, usar menos o más madera… y quizás en esa interpretación adaptarse más al mercado.”
Ese equilibrio entre identidad y adaptación es uno de los desafíos permanentes de cualquier proyecto vitivinícola. Mientras algunas bodegas buscan estilos más internacionales, otras apuestan por expresar con mayor fidelidad las características del lugar.
Variedades patrimoniales y nuevas exploraciones
En la historia del Maule, algunas variedades han tenido ciclos de auge y abandono. Una de ellas es el Carignan, plantado masivamente después del terremoto de 1939 como parte de un programa de reconstrucción agrícola. Durante décadas se utilizó principalmente para mezclas, hasta que algunos productores comenzaron a rescatar su potencial.
Daniella recuerda un período particularmente difícil para la variedad.
“Sí, el Carignan en un minuto era casi invendible. Partimos en 1994 y llegamos al 2001 sin lograr generar una demanda por la variedad.
Pero siempre pensamos que tenía potencial, que había que buscar algo… y así nació VIGNO.”
Hoy el movimiento VIGNO (Vignadores de Carignan) reúne a productores que trabajan con viñedos antiguos de secano, ayudando a posicionar esta variedad dentro del panorama del vino chileno.
Pero el proyecto Gillmore también ha explorado otras direcciones. El interés internacional por variedades mediterráneas adaptadas a climas secos, como Vermentino, Aglianico, Sagrantino o Montepulciano, ha abierto nuevas posibilidades para zonas como el Maule.
Estas variedades, originarias del sur de Europa, comparten características que las hacen especialmente compatibles con condiciones de veranos cálidos y escasez de agua.
País, tradición y decisiones de mercado
Otra variedad patrimonial del Maule es País, una de las primeras uvas introducidas en América en el siglo XVI. Durante mucho tiempo fue considerada una variedad menor, pero hoy forma parte del interés creciente por vinos históricos y de identidad local.
Daniella recuerda que el camino para encontrar el estilo adecuado no fue inmediato.
“Con el País nos costó más. Lo vinificábamos pero no nos gustaba, no llegábamos al potencial que buscábamos.
Un importador de Estados Unidos me presionó porque necesitaba un vino, y así llegamos a una versión fresca, aromática y joven de la variedad.
Luego nació AlMaule como marca asociativa, y hoy es uno de los vinos que más vendemos.”
Este tipo de evolución refleja una tendencia más amplia del mercado: consumidores y sommeliers interesados en variedades históricas, vinos de origen y proyectos con identidad territorial.
Vendimias que marcan la memoria
La viticultura también está marcada por los años difíciles.
Cuando preguntamos cuál ha sido la cosecha más desafiante que recuerda, Daniella responde sin dudar.
“Sin duda 2017, el año de los incendios. Estuvimos 15 días viendo cómo venía el incendio hacia nosotros.
Se nos quemó el 70 % del campo y aun así tuvimos que cosechar mientras controlábamos focos.
También el 2010, el año del terremoto. En cada réplica la gente salía corriendo, era una energía muy especial.”
El recuerdo de Daniella sobre la vendimia de 2017 ocurre en uno de los episodios más difíciles que ha enfrentado la agricultura chilena en décadas. Durante el verano de ese año, una serie de megaincendios forestales afectó principalmente a las regiones de O’Higgins, Maule y Biobío. Según datos de CONAF, más de 570.000 hectáreas se vieron afectadas, convirtiéndose en la temporada de incendios más devastadora registrada en Chile. La Región del Maule fue una de las más golpeadas, con más de 280.000 hectáreas quemadas.
Estos episodios recuerdan que el vino, más allá de la estética o la crítica especializada, sigue siendo una actividad profundamente ligada a la naturaleza y sus ciclos impredecibles.
Convicción frente al cálculo
En la industria del vino, muchas decisiones se toman en un delicado equilibrio entre técnica enológica, presión comercial y tendencias del mercado. El crecimiento de la producción global —que hoy supera los 250 millones de hectolitros anuales según la OIV— ha intensificado esa tensión: producir vinos que funcionen en el mercado sin diluir la identidad del lugar.
En ese escenario, algunos proyectos optan por seguir estilos ampliamente aceptados por el mercado. Otros, en cambio, construyen su identidad con más paciencia, buscando consumidores que valoren el origen antes que la uniformidad.
Le preguntamos a Daniella qué pesa más en el proyecto Gillmore: el cálculo financiero o la convicción técnica.
“En nuestro caso siempre ha sido la convicción.
Es difícil porque construyes lentamente, explicas, buscas mercados que estén en la misma.
Es un camino largo, pero dedicarse al vino y a la tierra es una pasión que necesita una convicción fuerte.”
En territorios como el secano del Maule, donde la producción depende de lluvias estacionales y rendimientos naturalmente bajos, esa convicción también es una condición práctica. El territorio no permite replicar estilos industriales ni producir grandes volúmenes; obliga a trabajar con lo que el viñedo entrega cada año.
Vinos que generan conversación
Una diferencia clara entre los vinos diseñados para agradar inmediatamente y aquellos que buscan expresar con mayor fidelidad el carácter de un lugar es que los primeros suelen responder a perfiles ampliamente reconocibles: fruta madura, textura amable, estilos consistentes de una añada a otra. Los segundos, en cambio, pueden generar opiniones divididas porque priorizan la identidad del viñedo y las condiciones de cada cosecha.
Cuando le preguntamos a Daniella qué significa para ella escuchar que un vino “no es complaciente”, su respuesta fue directa.
“Que no busca agradar. No es monedita de oro. No es un vino con un perfil comercial que busca llenar un espacio definido por ciertas características.”
En los últimos años, esa búsqueda de identidad ha ganado relevancia entre sommeliers, críticos y consumidores que exploran regiones menos conocidas o estilos más ligados al origen.
Una trayectoria antes que un vino icónico
En muchos proyectos vitivinícolas, el reconocimiento suele asociarse a un vino emblemático. Sin embargo, algunos productores prefieren construir una identidad más amplia, donde cada etiqueta forme parte de un mismo relato territorial. Al preguntarle a Daniella cómo le gustaría ser recordada dentro del mundo del vino, su respuesta vuelve a poner el foco en el proceso más que en un resultado puntual.
“Prefiero que me recuerden como alguien con mucha pasión, compromiso, asociatividad, visionaria, luchadora…
parece que voy por la trayectoria.
Yo creo en lo que hago. Sueño con que mis vinos emocionen, generen buenos momentos y trasciendan.
Los reconocimientos ayudan a que eso llegue más lejos.”
El secano del Maule hoy
Durante mucho tiempo, el Valle del Maule fue conocido principalmente por su volumen productivo. Sin embargo, en las últimas dos décadas la región ha comenzado a llamar la atención por otro motivo: la concentración de parras viejas cultivadas en secano. En particular, zonas como Loncomilla, Cauquenes o Empedrado han despertado el interés de importadores, críticos y sommeliers que buscan vinos con una relación más directa entre viñedo y botella.
Este interés coincide con la tendencia más amplia del vino contemporáneo: consumidores que buscan comprender de dónde viene el vino, qué variedades lo componen y cómo el territorio influye en su carácter y en ese contexto, el trabajo iniciado hace más de tres décadas en Viña Gillmore encuentra hoy una nueva resonancia.
Gillmore Wines continúa explorando el potencial del secano del Maule combinando variedades patrimoniales, exploraciones mediterráneas y producción a escala humana, con una idea simple pero persistente: que el vino refleje el lugar antes que cualquier tendencia.
Y en el secano profundo del Maule, esa conversación todavía tiene mucho por decir.






