Partamos con una confesión honesta, de esas que se dicen en voz baja pero con una copa en la mano: Aglianico delMaule es una de esas variedades que intimidan. El nombre suena serio, antiguo, casi como alguien que llegó tarde a la fiesta y aun así se roba la conversación. No es una uva simpática de primeras, ni busca aprobación rápida. Tiene carácter, memoria larga y una personalidad que se va revelando con tiempo. Y justamente por eso resulta tan intrigante encontrársela… en el Maule.
Sí, leíste bien. Maule. Secano. Chile profundo. Y ahí empieza el chisme bueno.
¿Qué es Aglianico y por qué todo el mundo la mira con respeto?
Aglianico es una variedad originaria del sur de Italia, especialmente de zonas como Campania y Basilicata. Allá crece bajo el sol mediterráneo, en suelos pobres y con climas exigentes. Es famosa por dar vinos estructurados, de taninos firmes, acidez marcada y una capacidad de guarda que roza lo legendario.
En copa suele hablar en tonos de fruta negra, ciruela, cereza madura, notas terrosas, hierbas secas, algo mineral y, con el tiempo, ese aire serio que recuerda que este vino tiene más paciencia que prisa.
Entonces… ¿qué hace Gillmore Wines plantando Aglianico en el Maule?
Aquí viene la parte deliciosa del relato.
Gillmore Wines no es una viña que siga modas. Su historia está profundamente ligada al secano del Maule, a parras que aprenden a sobrevivir solas, a suelos graníticos y a una viticultura que acepta límites en vez de forzarlos.
Y resulta que, si uno deja de mirar el mapa político y empieza a mirar el mapa climático, el Maule y el sur de Italia tienen más cosas en común de lo que parece: calor, luminosidad, suelos pobres, veranos largos y una relación intensa con la tierra.
Plantar Aglianico ahí no es un acto excéntrico.
Dry farming: cuando la viña aprende a regarse sola
Este Aglianico delMaule se cultiva en secano, es decir, con dry farming: sin riego artificial, dependiendo únicamente de las lluvias del invierno.
¿Resultado?
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Raíces profundas, que buscan agua y nutrientes donde nadie más llega.
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Racimos más pequeños, concentrados, con identidad clara.
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Vinos que hablan menos de técnica y más de paisaje.
El secano no hace vinos “mejores” ni “peores”. Hace vinos distintos. Más conectados con el lugar que los vio nacer. Y en el caso del Aglianico, esa austeridad natural le queda como traje a medida.
¿Cómo se siente este Aglianico del Maule en la copa?
Este no es un Aglianico italiano trasplantado. Tampoco intenta imitar estilos ajenos. Es un vino que traduce la variedad al idioma del Maule.
En nariz aparece la fruta oscura, sí, pero también hay frescura, notas terrosas, hierbas del secano, cierta tensión que lo mantiene despierto. En boca es firme, con estructura, pero ágil. Tiene presencia sin pesadez. Carácter sin rigidez.
Es un vino que se toma con comida, con conversación larga, con tiempo. De esos que acompañan mejor una sobremesa honesta que una pose.
Un vino que no compite: ocupa su propio lugar
Lo interesante de este Aglianico del Maule es que no entra en competencia con nada. No busca compararse con Italia, ni con otros vinos chilenos, ni con estilos de moda. Se planta —literal y simbólicamente— en su propio territorio.
Es un vino para quienes disfrutan descubrir, para quienes entienden que el valor está en la identidad y no en el ranking, para quienes prefieren una historia bien contada antes que una promesa inflada.
Gillmore no hace Aglianico para demostrar algo. Lo hace porque el Maule podía contarlo. Y eso, en el mundo del vino, siempre se agradece.






